Crítica de “Dallas Buyers Club”

– CLASIFICACIÓN: MUY BUENA

– La simbiosis “Mcounaghey-Leto” fue la clave para que un film con pretensiones de cine independiente se convierta en la cenicienta de los premios Oscars, alzándose con tres estatuillas.

 

Sun Tzu dijo que si se presiona a una persona hasta el punto de no tener salida, siempre luchará hasta la muerte; y no estaba equivocado. En este caso, la amenaza letal del HIV, cumple un doble propósito: por un lado, le permite a Ron Woodroof darle un significado a su propia existencia, redimiendo una vida llena de excesos, y por otro lado, le saca a Matthew Mcounaghey la mejor actuación de su vida. Y digo de su vida, porque, resultaría extremadamente generoso, llamar carrera a bodrios letales como: “Experta en bodas” (“The Wedding planner”), “Como perder a un hombre en 10 días” (“How to lose a guy in 10 days”), “Sahara”, “Soltero en casa” (“Failure to launch”), entre otras. Es que en estas últimas, la regla del piloto automático, dictaba que Matthew mostrara su cuerpo escultural sumado a la sonrisa de galán texano, y con eso bastaba para resolver la “trama” o “conflicto existencial”. Nada de eso sucede en Dallas Buyers Club. Por empezar, Mcounaghey debió adelgazar entre 20 y 30 kilos, lo cual, sumado a los adentrados 44 años del actor, le otorgan un aspecto espeluznante. Tan solo huesos remarcados, y unos pocos espacios de piel es a lo que se ve reducido el actor, haciéndonos recordar a la delgadez extrema de Christian Bale en “El Maquinista”.

El film, basado en una historia real, narra la vida de Ron Woodroof, el cual, se las rebusca para sobrevivir durante los años’80, empleándose como electricista y corriendo apuestas en la doma de toros, al mismo tiempo que utiliza la mayoría de sus ganancias para costear el remolque en el que vive, y dar rienda suelta a sus principales adicciones: las drogas y las prostitutas. Un buen día, sufre un desmayo, y despierta en el hospital, encontrándose con un equipo médico, que le diagnostica el padecimiento de HIV, y a la postre lo sentencia a 30 días de vida. Una etapa de negación sin consuelo, lleva a Woodroof a adentrarse en los pormenores de su enfermedad, teniendo que lidiar con un contexto socio-cultural lleno de prejuicios, y una comunidad científica desconcertada ante el descubrimiento de un nuevo virus.

El resultado de sus propias investigaciones, arroja que existe un medicamento llamado AZT, pero que aún se encuentra en la fase de prueba. Ante la imposibilidad de conseguirlo de manera legal (debido a su elevado costo), empieza a obtenerlo en el mercado negro. Si bien Woodroof ya es consciente de su enfermedad, continúa siendo poco precavido, ya que decide tomar el AZT mezclado con drogas y alcohol, lo cual, le trae aparejado nuevas internaciones.

Es así, que en una de sus andanzas por el hospital, su contacto (un mexicano que se encarga de la limpieza) le informa que se le ha agotado el suministro de AZT, pero le deja la dirección de un lugar cruzando la frontera, en donde podría obtenerlo. Woodroof se dirige hacia allí, y cae desmayado. Cuando se recupera, se encuentra en una clínica ilegal, con un médico al cual le habían revocado la matrícula, pero que con una gran sabiduría le explica que el AZT por si solo no lo estaba curando, sino destruyéndolo. El médico le prescribe su propio coctel de medicamentos, el cual según sus mismas palabras, le salvaría la vida.

Hasta este punto, la película late al compás de la actuación de Mcounaghey, resultando pura precisión y dramatismo. No menos significa la introducción de Rayon, el personaje transexual interpretado por Jared Leto, que se despacha con una actuación sublime. Al igual que Matthew, Jared Leto tuvo que encarar su propia transformación física, incluyendo no solo el descenso de peso, sino también la depilación total de su cuerpo, sumado al hecho de tener que aprender a caminar con tacos.

Rayon, se erige en el socio comercial de Woodroof, atrayéndole clientes enfermos de SIDA, para que este último les venda el coctel que le receto el médico ilegal. Es así como nace “Dallas Buyers Club”, un microemprendimiento clandestino dedicado a la supervivencia, que obliga a sus participantes a intercambiar dinero por vida.

Pero como todo gran emprendedor americano, Woodroof tendrá que lidiar con sus principales enemigos: la FDA (Food and Drug Administration), Hacienda pública y diversas compañías farmacéuticas. Es en este enfrentamiento, donde Woodroof levanta la bandera de los derechos de los pacientes con VIH, poniendo énfasis especial en el derecho a un tratamiento digno.

 

Tanto por su presupuesto, así como también por su estilo de filmación y características técnicas, el film encaja perfectamente dentro del cine independiente, y así lo ha afirmado su director Jean-Marc Vallée. En todo momento la película se enfoca en el argumento de “estilo de vida”, y se aleja de grandes éxitos comerciales como “Philadelphia” y “And the Band Played On”, sin recurrir al típico enfrentamiento del hombre contra el sistema.

Por Pablo Iglesias

Un comentario en “Crítica de “Dallas Buyers Club”

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