Crítica de “300: el nacimiento de un Imperio”

300-El-Nacimiento-de-un-Imperio

-CLASIFICACIÓN: REGULAR

-la sombra de “300” se proyecta sobre toda la cinta, dejando un film cuya única pretensión estética es amplificar la sobredosis de violencia de la película original. El Temístocles de Sullivan Stapleton no logra alcanzar en ningun momento el carisma del recordado Leónidas de Gerard Butler. 

El film dirigido por Noam Murro se centra en las épicas batallas de Maratón y Salamina, presentando el conflicto desde el punto de vista táctico y estratégico de sus principales generales: Temístocles, por el lado griego, y Artemisia, por el lado persa. La trama funciona como precuela y secuela de “300”, del director Zack Snyder, y se acoge directamente a su estilo estético, haciendo predominar lo visual por sobre lo histórico-narrativo. Congruentemente con lo antedicho, la película se instala en los mismos prejuicios ideológicos que su antecesora, y el mensaje subyacente deviene en un alegato sobre la superioridad de Occidente sobre Oriente. En ese tono deben entenderse los brotes de “racismo pop” neo imperial con los cuales se caracteriza a los bandos en contienda: las fuerzas griegas están conformadas por fornidos soldados que lucen una musculatura extrema, mientras que los persas son oscuros soldados con barba negra y turbante, al estilo de la descripción Norteamericana de un “talibán-terrorista” moderno.

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Y no solo eso, el soldado griego representa la virilidad por oposición al soldado persa, que encarna lo débil y cobarde, además de ser comandado por una mujer, y ser súbdito de un “Rey-Dios” asexuado. Como si fuera poco, hay escenas enteras colonizadas por dichos prejuicios, hasta llegar al punto del absurdo en el momento en que se enfoca a los remeros persas con sus espaldas destrozadas por el látigo de sus amos, y por el otro lado las inmaculadas espaldas de los remeros griegos, queriendo simbolizar que la esclavitud era algo que repugnaba a los atenienses. Es que si mostraran que la esclavitud era la base productiva de ambos contrincantes, el mensaje que Temístocles repite como loro durante toda la película: “liberar al mundo de la tiranía y el misticismo” se derrumba en cuestión de segundos. Las contradicciones se vuelven flagrantes si se tiene en cuenta que los griegos recurrían constantemente a los oráculos (ilustrado en una de las escenas de “300”, donde el rey Leónidas consulta a los éforos), y que la tiranía todavía era la forma de gobierno en algunas polis griegas.

Una vez removido el relato ahistórico, y la evidencia contrafactica del film, solo queda una representación que el establishment anglo-americano podría utilizar para motivar a sus marines antes de invadir algún país de Medio Oriente.

Desde otro ángulo, si se analizan las actuaciones, la película sigue dejando mucho que desear: los personajes son unidimensionales y sin carisma, y el único punto destacable es  el personaje de Artemisia (la comandante de las naves persas), interpretado por la actriz francesa Eva Green. Es que, dicha actriz, resulta ser la que mas aprovecha para explorar la esencia de su papel, mostrando no solo su sed de venganza, acompañada por un sadismo descomunal a la hora de descuartizar a sus enemigos, sino que también focaliza en sus propias ambiciones políticas, las cuales, llegan al extremo de manipular al mismísimo Jerjes. En cuanto a los actores masculinos, cabe decir que tanto Rodrigo Santoro, como David Wenham, repiten sus papeles de Jerjes y Dilios (el soldado que queda tuerto en “300”, y es enviado para narrar la historia de los espartanos), y a ellos se les suma la novedad de Sullivan Stapleton que interpreta al caudillo ateniense Temístocles. En lo que concierne a este último, el film se encarga de resaltar su faceta de estratega, siendo comparativamente, mucho menos visceral que Leónidas, pero mucho más pensante, ya que su visión abarca la totalidad del tablero de batalla, motivo por el cual busca la unión de todas las polis, y se hace merecidamente acreedor del título de “salvador de Grecia”.

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A modo de conclusión puede decirse que la película resulta entretenida si lo que se desea del cine es un cóctel desenfrenado de efectos especiales, acción y sangre, pero irremediablemente cuando se apagan las luces de la sala, queda flotando un único interrogante: ¿Era necesaria una secuela?

Por Pablo Iglesias -Cine-

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